Entradas

La primera impresión NO es la que cuenta

Detesto las fiestas y los eventos sociales, ya lo dije cientos de veces, pero en la última fiesta corporativa me pasó algo que seguramente también te pasó alguna vez. Con algunas personas todo fluía; charla rápida, joda compartida, esa sensación de “con este me entiendo”. Y con otras no. Todo correcto, pero sin magia. Nada para contar en el momento. Lo interesante vino después, cuando pensé con quiénes realmente confiaría un proyecto, una decisión sensible o una conversación difícil. Y no, no eran los de la mejor primera impresión. Ahí me cayó una ficha bastante incómoda, porque muchas veces elegimos desde la química y después nos preguntamos por qué no funciona. La química es engañosa. No porque sea mala, sino porque es ruidosa. Llega fuerte, rápido, te da certezas que todavía no ganaste. Te hace sentir que “algo hay”, cuando en realidad lo único que hay es activación. Algo en el otro toca una fibra conocida y el cuerpo responde antes de que la cabeza tenga datos. Y ojo, no está mal ...

No todo el mundo importa

La posta es que no a todos les caigo bien, pero ¿sabés qué? está perfecto, porque no todos importan. Yo no me levanto a la mañana para agradar, me levanto para construir, para laburar, para convertirme en el hombre que me prometí ser en esos días donde lo único que había era presión, dudas y sueños silenciosos que gritaban más fuerte que cualquiera alrededor. Este camino que estoy recorriendo no es para cualquiera, y no llevo a cualquiera conmigo. Me fui de charlas que me drenaban, salí de lugares donde tenía que achicarme para que otros se sintieran cómodos y solté gente que no tenía mi misma visión, porque subir cargando peso muerto es la forma más rápida de caerte. Si no ves las horas que meto, las batallas que peleo puertas adentro, y los sacrificios que hago cuando nadie mira, entonces tu opinión no pesa en mi mundo. A la gente le encanta hablar: van a cuestionar tu silencio, tu ausencia, tu disciplina y van a etiquetarte de agrandado, frío o distante, sin entender que no soy inse...

Cómo sobrevivir a una caída

  “Ícaro rió mientras caía, porque sabía que caer significaba haber volado.” Recuerdo quedarme mirando a la nada después de leer la historia de Ícaro. Me desarma pensar que no haya rastro de miedo en él mientras se precipita hacia el mar furioso. ¿Cómo puede alguien, frente a frente con la muerte, abrazarla como si estuviera entrando a un lugar prometido? ¿Habrá sido su risa la última melodía, perdiéndose en el cielo antes del final? Tal vez no temía al vacío porque ya había probado lo desconocido. Porque por un instante tocó el cielo, y nada por debajo de eso podía compararse. ¿No es trágicamente hermoso pensar que no cayó en desgracia, sino que simplemente cayó, después de sentir la libertad y el calor que siempre había buscado? Y al pensarlo así, al repasar mi vida y cada decisión tomada, aparece un deseo silencioso, casi desesperado: que quizá, algún día, yo también pueda ser él. Que, como Ícaro, pueda elevarme más allá de los muros que yo mismo levanté. Vivir sin miedo, aun co...

Necesito un problema

Revisando correos viejos encontré un post que escribí en 2009 en un blog parecido a éste. En ese momento me había quedado dando vueltas una idea muy simple: ¿Qué haríamos si tuviéramos todo resuelto? ¿En qué ocuparíamos el tiempo si los problemas desaparecieran por un rato? Buscando ejemplos extraños sobre eso descubrí un sitio que ofrecía la respuesta perfecta: un servicio donde la gente pagaba para que le asignaran un problema. Se llamaba “Necesito un problema” (Need a Problem) y por lo visto había un mercado entero de personas contentas, con tiempo libre y, al parecer, con pocas complicaciones existenciales… que querían una más. El mecanismo era simple: elegías la dificultad —trivial, sencillo, normal, difícil o casi imposible— y pagabas según el nivel. A cambio recibías un email con un problema diseñado especialmente para vos. ¿La recompensa por resolverlo? Nada más y nada menos que la satisfacción de haberlo logrado. No había premios, no había rankings de millonarios… solo un cuad...

Ideas para abrir la puerta correcta

Últimamente vengo hablando con mucha gente nueva: reuniones, proyectos, mesas largas donde aparecen historias y formas de ser que no conocía. Y en medio de todo eso, sin buscarlo, me volvió a la cabeza un cuento que leí hace años: La dama o el tigre. No recuerdo cuándo lo leí ni por qué, pero sí recuerdo lo que pensé. Un joven de la corte se enamora de la hija del rey. ¿Ella siente lo mismo? No está claro. El rey, medio bárbaro, lo mete en una arena con dos puertas: detrás de una hay una mujer con la que deberá casarse; detrás de la otra, un tigre hambriento. El joven mira a la princesa, ella le señala una puerta. Y vos quedás preguntándote quién va a aparecer. El cuento te obliga a pensar en la princesa: capaz de ser cruel, como su padre, pero también buena y sensible. De chico, yo estaba convencido de que salía el tigre. Sentía que esa respuesta mostraba que yo “entendía” cómo eran las personas, como si la naturaleza humana fuese inevitablemente dura. En la secundaria nos preguntaron...

La suma de los demás

  Muchos de mis gestos no nacieron conmigo, se me fueron pegando sin darme cuenta. No registramos cuánto de lo que somos está hecho de otros. La forma en que sostengo el mate, por ejemplo, viene de un jefe que tuve hace años, cuyo ritual observaba cada mañana con una atención casi devota. Y esa costumbre de subrayar palabras sueltas y no frases completas nació de mi profe de guion cinematográfico a quien admiré por su velocidad para analizar los textos.  Incluso esta risa más libre que tengo ahora viene probablemente del día en que un maestro de la escuelita me mostró que reír fuerte no era exagerado. Y cuando uno se anima, suele liberar a los demás también. No somos del todo nuestros. Somos una mezcla rara de quienes nos amaron, nos hirieron o simplemente caminaron cerca por un tramo.  Siempre me acuerdo de una profesora que insistía en que yo podía más. A veces me dan ganas de volver a la facu para contarle que no pude más, pero que igualmente tuve una vida feliz. Tambi...