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Ideas para pensar mejor

  Pensé que este finde XL iba a pasarlo adelantando escritura del libro de ajedrez en el que vengo trabajando hace diez meses, pero no, apenas si pude dedicarme a pensar un poco. Y es que con la práctica vas viendo que antes de encarar una buena escritura, es necesario buscar un buen pensamiento. Esta idea puede parecer evidente, pero en esta era de producción rápida y constante, es fácil olvidarla. Estamos atrapados en un ciclo de contenido efímero, donde la presión de la inmediatez reemplaza la profundidad del pensamiento. Pero además de cancherear, ¿qué quiero decir con esto de "buen pensamiento"? Me acuerdo que, una vez, mientras cursaba la licenciatura en composición musical, para aprobar una materia nos pidieron un ejercicio que consistía en una pieza que integrara elementos de música clásica y jazz contemporáneo. La consigna parecía directa: tenía que investigar, analizar las obras y componer mi pieza. Sin embargo, cuanto más estudiaba las estructuras y armonías, más c

Las dos flechas

  Casi siempre me veo tentado a esperar ese momento — que siempre parece estar a la vuelta de la esquina — en el que mi vida finalmente será el oasis tranquilo, creativo, ordenado y equilibrado que siempre imaginé. Es un lugar donde no es necesario andar lidiando con las personas, los contratos, los impuestos, la inflación, y toda la infinita cantidad de problemas de la vida. Es un lugar donde no me fastidio por hablar con representantes de servicio al cliente, la casa está limpia, los vidrios no tienen huellas, no tengo dolores, y tengo tiempo para escribir, leer, jugar al golf, ir a la plaza con Felipe y practicar algo nuevo; yo qué sé. Sorprendentemente, ni siquiera haber atravesado una pandemia global logró quitarme una idea obvia: no importa lo que haga, ese día nunca llegará. En verdad, me avergüenza lo frecuentemente que me permito sumergirme en la infantilidad de esa creencia. Cuántas veces resisto esta realidad inamovible tratando de superarla y organizarme mejor que lo que el

Una rata muerta

  Hace unos días, en el depósito donde guardamos las bicicletas, las herramientas, etc, me crucé con una rata. Fue la primera vez en mi vida que hice contacto visual con ese bicho singular. Cuando yo salía ella entraba, como si nuestros roles quisieran invertirse solo por curiosidad.  Con la idea que pueda retirarse voluntariamente, dejé sin éxito la puerta entreabierta, porque pasados dos días, y al regresar al galpón para buscar unas pinturas, escuché el ruido característico que hacen esos intrusos cuando tienen algo que esconder. “Un día más -pensé- voy darle tiempo hasta mañana para que pueda escapar sin verme obligado a imponer las normas de admisión que tenemos en la casa”. Pero la rata no quiso irse, así que inicié el protocolo de exterminio que se estila en estos casos. Primero puse un cebo azul, indicado por el ferretero como uno de los más potentes. Al día siguiente el cebo no estaba pero el ruido feo continuaba. Puse una nueva pastilla y nada: rata dos, cebo cero. El tercer

Las ideas y el deseo

  El cielo seguirá siendo azul, como se espera. El césped continuará creciendo sobre la superficie de la tierra, como se espera. También se espera que el sol siga saliendo y que la salud y la enfermedad continúen alternándose en el péndulo de la naturaleza humana. ¿Puede haber alguien crea que las cosas podrían ser de otra manera?  Muchos. Suponte que alguien tiene una idea y no puede expresarla. Si lo consigue, otro se opondrá, y esa fricción podría causar un montón de situaciones, de posibilidades. Pero si nadie lo escucha ni nadie se opone, la cosa igualmente dicha estará, y ese pequeño gesto quizás resulte el punto de inflexión que rija sus próximos años de vida.  El poeta une algunas palabras y, entre otras cosas, hace arte, se expresa, se revela. De la misma manera, un actor empieza a recitar un texto memorizado. Hace gestos aprendidos en algún taller. Se compra un outfit más o menos de moda, se corta el pelo y se peina como una cebolla, se saca fotos haciendo pucheros, difunde s

Cada día

  Ahora que lo pienso, nunca jamás fui una persona ritualista. Llamo rituales a las personas enamoradas del calendario, que siempre han de llevar uno bajo el brazo para ir anotando el pasado, presente y futuro de todo lo que fue o será necesario recordar. Cuando era chico, una vez, la mamá de un amigo me dijo que las fechas fueron inventadas caprichosamente para comprometernos con cosas innecesarias. En aquel entonces, mi tiempo estaba ocupado con cosas simples que llenaban mis días, semanas y meses: la escuela, la música, algún libro y el tenis. Tomar el colectivo hacia el club, caminar al conservatorio, pasar por la puerta de la melliza para ver si “de casualidad” la cruzaba y me animaba a decirle algo y… volver a casa frustrado a lamentarme un ratito y seguir soñando.  Fin de semana en familia, eso sí. No necesitaba una agenda para anotar mis ocupaciones, ni cronometraba las horas para otorgar prioridades. A diferencia de los adultos que necesitaban organizarse, yo atendía mis pendi

El milagro de la fe

  Cuando era chico creía en todo lo que me decían, en todo lo que leía y en todas las ideas que surgían de mi imaginación extremadamente inocente. Esto me provocó muchas noches sin dormir, pero también llenó el mundo en el que vivía de personajes y aventuras que no cambiaría por una infancia de noches tranquilas. Creo que, incluso en ese entonces, sabía que había muchas personas en el mundo cuya capacidad imaginativa estaba adormecida o virtualmente muerta, y que vivían en un estado mental (producto quizás del agobio laboral) equivalente al daltonismo. A veces sentía lástima por ellas, sin sospechar (al menos en aquel momento) que muchas de esas personas pragmáticas sentían lástima por mí o me despreciaban, no solo porque sufría de algunos miedos irracionales, sino también porque era ilimitadamente crédulo (también conocido como boludito) respecto a casi cualquier tema. Creo que había algo de verdad en eso antes y, para ser sincero, creo que aún hoy la debe haber. Fui, por ejemplo, el