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Piratas

  Las temáticas de piratas, corsarios y sus historias a lo largo de los siete mares siempre me cautivaron. Aquel submundo marino, los códigos éticos (que eran muchos), las estrategias navales y las pequeñas repúblicas que formaban mientras bebían tragos de ron o vinos de baja calidad vale la pena conocer. Los piratas, más que los corsarios, representaban el mal asumido, el anti-sistema, el problema a ser eliminado. Se apropiaban por la fuerza de lo que los marineros y capitanes comunes nunca podrían tener con sus escasos salarios y la ambición domesticada. ¿Ladrones? Sí. ¿Bandidos? Sin duda. ¿Indeseables? Sí, pero no en los libros de aventuras.  Pero había algo genuino en las pandillas de piratas: el gusto por la piratería.  A diferencia de casi todas las tripulaciones convencionales, no tenían esclavos entre ellos. Todos estaban allí por elección propia, elegían a su capitán mediante votación, compartían el botín a través de un sofisticado sistema de repartija (dos para mí, uno para t

Tal para cual

  A ver a un hombre descuidado y lleno de autoaborrecimiento, un loco se detuvo una vez. Su desdicha, la manera en que caminaba en círculos alrededor de un lago, murmurando palabras inaudibles para sí mismo, molestó al loco.  "Un hombre loco", pensó para sí mismo mientras se acercaba. — ¿Qué cosa, si es que puedo preguntar, podría preocuparte tanto como para deambular  dando vueltas sin destino? Preguntó el loco al escritor. — Respuestas a preguntas que aún no he logrado formular. — ¿Cómo busca alguien responder a una pregunta que aún no conoce? Indagó el loco. — Muchas veces, la respuesta a una pregunta precede a la pregunta misma. Solo estoy tratando de descubrir qué parte del enigma debería desentrañarse primero. —Encuentro eso bastante intrigante y al mismo tiempo, absurdo. Lo último siempre sucede a lo primero, así funcionan las cosas. Dijo el loco con firmeza. —Puede ser, pero no en mi mundo. Mirá, en mi mundo, las cosas no siempre son lo que parecen. En mi mundo, arrib

Ideas para no deber favores

  Androcles fue un esclavo que, tras haberse escapado de su amo, fue recapturado en Roma y lanzado a las arenas del circo para que los leones y la gente en las gradas pudieran divertirse. Androcles se hizo famoso porque cuando le tocó el turno, el león que le salió al encuentro lo miró, lo estudió, lo midió, pero no lo atacó. El hecho causó el enojo de la gente, del emperador, del cuidador de las fieras, en fin. Todos saben que el león no se quiso devorar a Androcles porque le estaba agradecido. Y es que Androcles, un tiempo atrás, lo había encontrado en el bosque, gimiendo, y sigilosamente se le acercó y así le descubrió una espina en la pata y se la sacó. De ahí la memoria agradecida de aquella bestia antirromana. Pero leyendo un libro de historia me encontré con una versión que tiene al león con un perfil más cercano a la realidad humana. La gratitud, sepanlo muchachos, siempre tiene un lado de resentimiento. Deberle algo a alguien implica, de alguna manera, sentirse humillado por e

El sendero de la guerra

  Mirando un poquito atrás, puedo ver varias ocasiones en las que tuve que tomar decisiones de vida bastante trascendentales, ya sean por mi carrera, mi familia, el amor o en otras cosas. Y por alguna razón, siempre terminé eligiendo el camino de las luchas. Algo que desde hoy me gustará llamar “el sendero de la guerra”. Algunos de nosotros, ya sea por designio divino o elección ignorante, siempre encontramos la manera de tomar este camino de sufrimiento prolongado. O tal vez, las intrincadas complejidades -silenciosas pero omnipresentes- de lo que está más allá de nuestra comprensión (aka destino) son la única influencia para tomar este tipo de "elecciones ignorantes". Suena absurdo y bastante extraño que alguien elija intencionalmente el camino de la perseverancia extrema, de períodos prolongados de sufrimiento y espera, el camino más lleno de obstáculos y dificultades. El que pone a prueba no solo tu cordura, sino tu voluntad de vivir y de seguir adelante. De cualquier man

Relámpagos

  Nadie sabe cuándo ni dónde surgirá el próximo relámpago de felicidad. Es más: no podemos saberlo y, por eso, precisamente, es que podemos ser felices. Pero es un relámpago. Es un instante incandescente, un chiste corto pero bien contado.  Algunos obstinados inmortalizan el místico chispazo: buscan transformarlo en mito, en concepto, en reserva hereditaria. Otros se contentan con mantenerse flotando en las turbulentas nubes de la incertidumbre hasta la próxima fricción.  Nada existe. Nada es cierto. Excepto lo que ocurre.  El hombre espera. Es su fin natural. Es su misión y fin absurdo. El hombre adora desesperar, volver a hallar y deslumbrarse. Y así.   Luego volver a esperar, destellar otro poco y recordar. Adieu!

Las cosas que no son cosas

  Las cosas que no son cosas son más frágiles que las cosas.  Las no cosas son como el agua, traslúcidas, insípidas e incoloras, desaparecen bajo la mirada observadora del observador. Se manifiestan, surgen, se adornan, brillan, se ahogan, mueren y reencarnan de mil formas. Lo que sucede, o no sucede, es que todas las no cosas son cosas que no son. Existen etéreamente, son como un suspiro. Pero son.  El error que cometemos con las cosas que no son cosas es pensar que siempre serán las mismas cosas. No es de eso que están hechas las no cosas. Su vocación es transmutar su estado, cambiando y mutando de una cosa a otra todo el tiempo. Lo dicho ayer es otra cosa cuando se compara con lo dicho hoy. La temperatura es diferente. El deseo ha cambiado. El afecto ha aumentado. El tiempo se ha perdido. Hubo sueño hasta que, por ejemplo, el dedo chiquito del pie choca con la pata de la cama y ya no hay sueño. Sucede el retraso, la cancelación, la espera, la exasperación, el chiste, el espectáculo,