La reputación

 Hoy en día, tener una buena reputación vale más que el oro, pero conlleva altas expectativas, algunas de las cuales a veces resulta difícil cumplir.

Me describen como alguien pulcro y bien educado, tal vez con una personalidad templada y, -por tímido- reservada. Lo que un buen amigo mío llamaba "elegante y correcto". Mi lenguaje es refinado y siempre mantengo la compostura.

Soy una de las últimas personas que esperarías que se tome dos botellas de cerveza de un solo trago, aunque mantenga la serenidad al hacerlo.


Pero aquí radica el problema: las expectativas.


Una vez, en una fiesta, noté que una chica me miraba con sorpresa y decepción. Recuerdo no haber soportado la incomodidad y, sosteniendo la mirada le pregunté: ¿pasa algo? No, perdón, me dijo, no sabía que tomabas.

Muy poco, solo en las fiestas -respondí como un cagón- tratando de recuperar una imagen que se estaba desdibujando, solo para satisfacer la percepción que tenía esa persona sobre mí.


No es que quiera abrir un debate moral sobre el consumo o no de alcohol, de hecho es cierto que tomo solo en fiestas, pero permitir ese tipo de juicios, esas erróneas percepciones, pueden encasillarnos en una imagen que no refleja completamente quienes somos en realidad. Permitir que los juicios superficiales dicten cómo nos vemos obligados a actuar o comportarnos, limita nuestra libertad y autenticidad. Es cierto que una buena reputación tiene su valor en la sociedad, pero no debería definir completamente nuestra identidad ni restringir nuestras acciones.



En el secundario, una vez, siete de mis compañeros y yo esperábamos en la oficina del director para recibir el castigo por habernos escapado de la escuela. El día anterior, el preceptor había faltado y la puerta principal había quedado abierta, así que nosotros, tentados de hacer uso del descuido, hicimos fila india y nos fuimos los ocho a comer panchos a la plaza.

Cuando el director me vio entre los estudiantes que había etiquetado como "desobedientes", me llamó aparte con asombro. Me habló en voz baja pidiéndome que por favor me retirara de la sala. Salió atrás mío y, sin pedirme ni una sola explicación, me dijo algo así como “cualquiera puede equivocarse”, y me pidió que vuelva a clase.

Me fuí absuelto, eso está claro, pero me hubiera encantado decirle que yo también era culpable. Que también fui desobediente y que me pareció divertido serlo. Y que si la puerta mañana volvía a quedar abierta repetiría la inconducta con tal de no dejar solos a mis compañeros.

Pero no, callé otra vez cobardemente refugiándome en mi cómoda reputación.


La reputación, a menos que sea negativa, ayuda bastante. Sin embargo, a veces te obliga a perseguir una imagen, una que quizás sin darte cuenta creaste en la mente de los demás. 

Es complicado cuando otros te miden por un estándar que no estableciste vos mismo, y que, día y noche, aunque no quieras, te esforzás por mantener.



Adieu!

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