Cada día

 Ahora que lo pienso, nunca jamás fui una persona ritualista. Llamo rituales a las personas enamoradas del calendario, que siempre han de llevar uno bajo el brazo para ir anotando el pasado, presente y futuro de todo lo que fue o será necesario recordar.

Cuando era chico, una vez, la mamá de un amigo me dijo que las fechas fueron inventadas caprichosamente para comprometernos con cosas innecesarias. En aquel entonces, mi tiempo estaba ocupado con cosas simples que llenaban mis días, semanas y meses: la escuela, la música, algún libro y el tenis. Tomar el colectivo hacia el club, caminar al conservatorio, pasar por la puerta de la melliza para ver si “de casualidad” la cruzaba y me animaba a decirle algo y… volver a casa frustrado a lamentarme un ratito y seguir soñando. 


Fin de semana en familia, eso sí.


No necesitaba una agenda para anotar mis ocupaciones, ni cronometraba las horas para otorgar prioridades. A diferencia de los adultos que necesitaban organizarse, yo atendía mis pendientes a medida que iba viviendo.


Y percibía el paso del tiempo a través de los colores. El verano era dorado, o naranja, y todo parecía arder a mi alrededor, desde el polvo de ladrillo hasta el asfalto de las calles. El celeste de la pileta era el antídoto que usaba para refrescar mi térmica adolescencia. También era tiempo de hacer el bolso y migrar con mis viejos como las aves en vacaciones. 


En otoño, todo se desvanecía y las cosas se volvían más amarillentas, más tranquilas. Las casas se iluminaban más temprano, mostrando a las personas cada una en su lugar, haciendo lo que cada uno hace en cada rincón del hogar. Lo sé porque, con mi vecino, cada tarde dábamos una vuelta a la manzana, pero por arriba de los techos. 


El invierno era gris claro, pero también tenía el verde de los sillones del estar. Era el tiempo de escuchar música, tocar un rato la guitarra y pensar en estrategias inútiles para encarar a la melliza.  Era la época de sacar las mantas y los abrigos. La vida parecía hacer una pausa. Todo se volvía más lento, los pasos se acortaban y los cuerpos se encogían sobre sí mismos, como si fueran a desaparecer repentinamente.


La primavera era como una caja de crayones, con plazas infinitamente coloridas y una variedad de perfumes en cualquier momento del día o de la noche. Mi época favorita. Ideal para “encarar”. 


Pero todos esos colores quedaron en los ayeres que colecciono en mi interior. Los he perdido a todos ellos. Aún percibo diferentes tonos cuando paso por algún club o camino por calles irregulares. Pero ya no existe esa relación con las estaciones del año.


Ahora me equilibro entre sensaciones y compromisos. Disfruto de los lunes y jueves. Los viernes también porque tomo algo de vino; y fui volviendo a relacionarme amablemente con los sábados. Los domingos son días bastante espurios y ya no sé qué hacer con ellos. 


Me gustan enero, junio y septiembre. Los demás pasan sin dejar marcas en mis labios.

Los meses producen sonidos fugaces; los años hacen estruendos. 


El día de mi cumpleaños me emociono y lloro en silencio. Nunca hablé con la melliza. 

El día del padre también lo disfruto mucho.



Adieu!


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