La belleza debe ser honesta
Alguna vez te preguntaste porqué los edificios públicos ya no son tan lindos y majestuosos como los hacían antes?
Hay un filósofo alemán (David Deutsch) que dice que la belleza no es simplemente algo subjetivo. Para él la belleza es objetiva y funciona como un mecanismo de comunicación entre las distintas especies.
Las flores, por ejemplo, son lindas porque les indican a los insectos dónde encontrar alimento. Necesitan emitir una señal que atraiga, pero esa señal también tiene que ser honesta. Tiene que tener un valor real y ser fácil de verificar. Si no fuera así, cualquier depredador podría copiar la señal y aprovecharse.
Pero en los humanos pasa algo distinto, nosotros también podemos crear belleza para otros humanos.
En ese sentido, los animales se parecen a las inteligencias artificiales actuales: ejecutan programas, pero no crean conocimiento nuevo. Los seres humanos, en cambio, sí podemos crear conocimiento porque somos “explicadores universales”, y esa capacidad es la que nos permite percibir, entender y recrear la belleza.
Entonces qué está pasando?
Los consensos también necesitan señales. Y esas señales tienen que ser honestas.
No podés esperar que otros crean que compartís los valores del ejército si no sos un soldado valiente. Tampoco podés convencer a otros de que pertenecés realmente a una religión si nunca vas a misa.
Ir a misa funciona como una señal honesta, como el saludo de la paz, la comunión, la confesión o saberse las canciones de memoria. Los rituales religiosos están llenos de señales que los creyentes se mandan entre sí. Lo mismo ocurre con las naciones y los espectadores cuando se canta el himno justo antes de los partidos del mundial.
Para mí, lo que fue pasando en Argentina, es que el Estado (siempre decadente) intentó apropiarse especulativamente de los valores que surgieron de forma orgánica durante bocha de años, junto con las señales que las personas usaban para reconocerse mutuamente. El resultado fue una pérdida total de apego y, como consecuencia, una caída enorme en la confianza hacia las instituciones. Es casi como haber perdido esa sensación de familiaridad que uno antes tenía con la gente de su ciudad y que hoy muchas veces siente como extraña.
Los edificios de la época romana y las construcciones religiosas levantadas durante siglos también eran señales. Eran obras de arte, pero además expresaban amor, fervor religioso, orgullo cívico o lealtad hacia la propia comunidad. Ni hablemos de los egipcios!
Todas esas señales y obras compartían algo fundamental: eran lindas y hasta espectaculares como el Congreso de Buenos Aires. Cuesta trabajo imaginarse cómo demonios habrán hecho semejantes construcciones con la escasísima tecnología disponible en ese momento.
Sinceramente, hoy en día, ¿quién querría enviar una señal de pertenencia hacia el aparato burocrático del Estado? ¿quién dedicaría tiempo, talento y recursos a crear la demostración más hermosa posible de lealtad hacia el Estado (que no es lo mismo que la Nación)?
La belleza debe ser es una señal honesta.
Mi punto es que si no existe un cariño genuino por el Estado y además ya nadie cree en los valores que transmite, es lógico que no encontremos belleza ni amor en nada de lo que el Estado construya o quiera transmitir.
Adieu!