Almuerzo gratis

 Días atrás, mientras venía en el auto escuchando uno de mis programas de radio favoritos, su conductor, Roberto Pettinato se preguntó algo tipo: ¿Cómo vamos a planificar el futuro si pasamos todos los días "carpediando el diem"?

Una vez, el ateo Stephen Hawking dijo: no es Dios quien te da lo que quieres, eres tú mismo. El universo es como un inmenso "almuerzo gratis". Esta fue una de sus grandes conclusiones después de una vida dedicada a unificar conceptos de la física, persiguiendo agujeros negros y buscando respuestas en el universo a las grandes preguntas de la humanidad. Pienso que quiso decir que todo es energía y que esa energía está disponible para todos, solo hay que saber acceder a ella. Lo que Hawking dijo no es muy diferente de lo que la Física Cuántica también dice de manera resumida.


Todos conocemos ese principio simple del universo llamado "ley de la atracción", que básicamente asume que atraés lo que pensás y lo que deseas (tanto cosas positivas como negativas).

Dado que siempre nos enseñaron que tener los deseos cumplidos es algo realmente grandioso y fuente de felicidad, los documentales y los libros como El Secreto se han convertido rápidamente en éxito de ventas, ya que te "enseñan" cómo sacarle provecho a esta ley para obtener todo lo que deseas: relaciones, plata, éxito, minas, en fin, todo.


Esto lo sé no solo porque lo fui leyendo en varios libros, sino porque desde que era chico, mucho antes de leer cualquiera de esos libros, siempre conseguía lo que quería. Elegí mi primer amor, luego elegí el segundo y así hasta llegar a Maura. Por supuesto, hoy en día tengo una perspectiva diferente del amor en comparación con cuando era joven, por lo que ya no elijo amores. También elegí y alcancé varios destinos, y la mayoría de las etapas que construirían mi vida laboral, incluyendo todas las veces que decidí patear el tablero.


Una vez, por ejemplo, había quedado vacante en un laburo gastronómico. Era encargado general de Benoit, acaso y, por entonces, el más exclusivo de los restaurantes de mi ciudad. Ganaba bien, socializaba un montón, y trabajaba en un edificio histórico, exquisitamente decorado y en un ambiente de típica sofisticación. Pero el restaurant cambió de firma y a mí me tocó en suerte ir a inaugurar un nuevo salón en el exclusivo barrio de Recoleta.


Quien esté leyendo esto debe pensar que esto era algo maravilloso, pero lo que quiero decir es todo lo contrario. Lo que más recuerdo de los años en los que hice mi experiencia gastronómica es que me sentía infeliz. De hecho, casi ninguno de mis logros me hizo más feliz; la brecha entre el deseo y la realidad siempre me dejaba ansioso, con miedo de no lograrlo y, como le sucede a casi todas las personas, cuando lograba cumplir un deseo, inmediatamente empezaba a pensar que no era exactamente lo que quería o había imaginado y pronto quería algo diferente. Sí, porque también está ese aspecto, la realidad siempre es diferente a las expectativas. Y en ese proceso, creo que distorsioné completamente el poder que tenemos de (co)crear nuestros propios universos y lo convertí en un deseo que me cegaba.


En el caso de las relaciones creo que era parecido, pero distinto en esencia. No me sentía merecedor de un amor por el que no había pedido, eso no tenía ningún sentido para mí. Sucede que, mientras deseamos que el otro sea como queremos, no dejamos espacio para que sea simplemente lo que es. Entonces, por ejemplo, lo que realmente existía era la imagen construida en mi mente de lo que quería que la piba fuera, pero no era.

Así que, bueno, como dice el dicho: ojo con lo que deseas porque se te puede cumplir.


Releyendo lo que acabo de decir, creo que debe haber un sesgo de intolerancia a la frustración y lo dejaré apuntado para ponerlo en consulta. Entre tanto, cada día intento estar más permeable a confiar en la contingencia, en lo imprevisto. 


Hasta luego; voy a salir a dar una vuelta antes de almorzar, y después… 

dejarme sorprender por el albur.

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