El día que no quiso ser viernes
Me levanté temprano ayer viernes con cara de pocos amigos, el sol dorando todo afuera y una sensación rara de que este no era el día que se supone que debía ser. A veces los días se niegan a cumplir su rol: lunes-martes-miércoles-jueves. Se escapan del almanaque y pasan a ser simplemente un día, o un no-día de la semana.
Me gusta ese tipo de pensamiento que no lleva a ningún lado. Es apenas algo que se escribe solo en mí y me empuja hacia algún autor leído o hacia mi infancia inquieta, cuando dejaba anotaciones sin sentido ni destino.
Ayer fue un día con peso propio. Antes de cualquier otra cosa, una reunión de laburo en Buenos Aires. Intensa, con gente que sabe lo que quiere y adónde va. Que tiene marcado un norte al que también quiero llegar. Salí de esa reunión con una bolita moviéndose adentro de mi cabeza.
Me tomé un subte y me metí en la Feria del Libro. Caminé horas y más horas. Entré a los stands de editoriales, hablé con editores, curadores, gente que vive adentro de los libros y lo sabe. Hojeé volúmenes raros y me sentí genuinamente pobre al tener que dejar en la mesa todo lo que hubiera querido llevarme. Hay una tristeza particular en agarrar un libro, leer la contratapa, sentir que te necesita, y devolverlo. Es como despedirse de un viejo amigo al que acabás de conocer.
Emprendí el regreso a casa mirando fijo las imperfecciones del piso gris de la Rural. Me gustan muchísimo esas rajaduras, son como mapas que los caminos le ofrecen a mi imaginario… ese lugar medio insano y perturbado que tengo adentro.
Decidí salir a la calle. Registrar las rajaduras de las veredas, del asfalto… los lugares por donde paso yendo a ninguna parte en particular. No sé nada de destinos y tampoco quiero saber. Hay algo delicioso en el no-saber. Lo que venga será vidriera para los ojos y camino para los pies.
Las piernas todavía me duelen.
Caminando por Palermo una casa me atrajo con todos los sentidos: sus recortes de paredes, puertas y ventanas, y pienso en la gente que vive ahí y en todo lo que hace, visto desde el jardín abandonado con plantas que crecen o se encogen, se marchitan, florecen. Registro lo que no deja huella por el camino serpenteante que lleva a la puerta de entrada. Saco una foto y sigo caminando por las calles irregulares. ¿Qué es lo que hace toda esta gente caminando al lado mío?. Las veredas porteñas están hechas de todo tipo de material: cemento quemado, baldosas rotas, adoquines levantados, piedras, cáscaras, tierra… En algunos lugares las raíces reventaron todo, dejando a la vista las cañerías… otros mapas.
Vuelvo a casa, me saco los zapatos y aprieto el botón de la cafetera. Me siento al lado de la guitarra y me quedo dormido con la tranquilidad de que por suerte, otro día más, no dejé que el día se me pase inadvertido.