Ideas para dibujar el cielo
Casi lo único que puedo dibujar es el cielo. Mas bien, las nubes. Eso y laberintos, no sé dibujar otra cosa que cielos y laberintos.
Ironía del destino es sentir que el dibujo es el arte que más me gusta de todos y, por lejos, el que peor pude ejercer en toda mi vida.
Muchos piensan que “o tenés talento para dibujar o no lo tenés”, como si fuera algo que viene de fábrica. Y uno, casi sin darse cuenta, termina comprando esa etiqueta.
Así que, si bien siempre conviví con ese estigma de no poder hacer dos rayas paralelas, al mismo tiempo me quedó esa sensación rara, medio persistente, de que me encantaría poder hacerlo bien.
Con los años pienso que tal vez el problema no es tener o no tener talento, sino creer que hay una frontera clara entre una cosa y la otra. Dibujar, como casi todo lo que vale la pena aprender, es un proceso. Más parecido a un camino que a un don. Un camino con avances, retrocesos, caídas en pozos y pequeñas victorias.
En el fondo, dibujar debería ser algo recontra fácil: dirigir la atención hacia algo y tratar de entenderlo con los ojos y con la mano. Es como aprender a leer pero en lugar de letras aparecen formas, luces y sombras.
La cuestión es que en el vuelo de ayer, mi compañero de asiento venía leyendo El Camino del Artista, de Julia Cameron. —¿sos artista? le pregunté, así, a pelo nomás. “Creo que sí”, me dijo, “me gusta dibujar”. Abrió una agendita y me mostró 4 o 5 dibujos que me dejaron regulando. Eran de esos tipo Game of Thrones, rebuscados, black and white pero con millones de matices que no se pueden creer. Lo felicité y seguí escuchando música.
Me encantaría dibujar así. Hay gente que parece llegar más rápido porque tiene el ojo más entrenado. Pero tarde o temprano la mano termina haciendo lo que el ojo entiende. Otros tienen que educar las dos cosas al mismo tiempo: la mirada y la mano. En cualquiera de los casos, lo que manda es el tiempo, la práctica y, obviamente, no abandonar demasiado rápido.
Si lo pienso bien, no es tan distinto de aprender a tocar un instrumento. Yo toco la guitarra desde los 12 años (antes bastante más seguido que ahora) y sé que al principio los dedos no responden, los acordes suenan feo y uno se frustra. Pero con práctica, casi sin darse cuenta, el cuerpo empieza a entender.
Con el dibujo seguramente pasa algo así.
Mientras tanto, muchos seguimos diciendo: “yo no sirvo para dibujar”. Pero quizá lo que pasa es que nunca nos dimos realmente el tiempo de explorar eso. A mí me gusta pensar que todavía no está todo dicho.
Llegué a casa y le conté a Felipe lo que se siente ver las nubes desde arriba. Mientras hablaba pensé que, capaz, por eso sigo intentando dibujarlas. No porque sepa hacerlo,
sino porque hay cosas a las que uno
simplemente
no tiene
derecho
a
renunciar.