El sabor de la vida

 Felipe sigue reconociendo sabores, pero esta noche no quiso comer. A mi me divierte escuchar sus excusas porque la apertura de su lenguaje le facilita recursos para salirse con la suya. Cuando no quiere comer algo ya no dice “no me gusta”, ahora dice “está amargo”, o también “papá, lo siento un poco agrio, prefiero no comerlo”.

Pero por más dialéctica que el chiquito ostente, es más que obvio y necesario que coma y se nutra como dios manda. Así que se me ocurrió un trucazo para neutralizar su técnica discursiva. Le dije que los gustos de la comida son todos similares, y que lo que la hace rica o fea es el gusto que nosotros queramos darle.


Y es así, muchachos. El mundo tiene el sabor que le damos, que le prestamos. El bien y el mal que nosotros definimos como tales son apariencias. Me refiero a que te ocurren cosas buenas y cosas malas. Nada sabemos de la vida que vivimos y de los sucesos que nos sobrevienen. Aceptamos con alegría y empatía aquello que nos acaricia, que nos deleita, que nos procura bienestar, y en cambio rechazamos con ira y con resentimiento los actos que perturban la existencia, que causan daño, que disminuyen nuestros éxitos y nuestras ganancias. Y es ahí donde nos equivocamos. El tejido de nuestra vida se va hilando detrás de nuestros ojos, y no alcanzamos a percibir el sentido de esa trama, y del revés de la trama.


En realidad lo que vemos es el revés de la trama: cortes, remiendos, trozos de hilos; apretones, nudos flojos. La trama es muy difícil de apreciar. 


Estamos siempre puestos a prueba. Si un triunfo te da demasiado bienestar, tal vez pueda resultarte peligroso, si es que, por ejemplo, produce en vos un efecto de adormecimiento y entonces bajás la atención. Sutil veneno de la arrogancia. En ese caso la dulzura termina siendo amarga. Y viceversa, si te caés y golpeas duro, tal vez eso despierte en vos el pensamiento, la reflexión, haga que revises tu existencia y vuelvas a plantearte desde el inicio el camino de tu vida. En ese caso, el mal sufrido es el estímulo del bien, es el remedio, es el alivio, es la amarga medicina que te cura y te hace crecer.


No, no hay comidas ricas o feas, no hay sucesos buenos y sucesos malos. Todo lo que hay es sucesos de dulzura y sucesos de amargura, la clave está en saborear bien cada bocado y darle el gusto que queramos darle.


Adieu!


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