El viento de esta mañana

Abrí los ojos en plena madrugada. En realidad, me había pasado la noche entera escuchando podcasts sobre el sentido y el sinsentido de la vida. Intenté dormirme un rato, pero no hubo caso. Me desperecé y sin hacer ruido salí al patio. Me gusta cuando la oscuridad desdibuja todo y las formas se mezclan. Puse la pava para quedarme con las manos tibias alrededor del mate y los labios húmedos de sorbos largos.

Elegí la compañía de Dostoievski y sus Noches Blancas. Volví a perderme en sus páginas… Por un instante, en lo que quedaba de la noche, creí ser otro, juntando pensamientos como si fueran papeles sueltos, guardando en el bolsillo gastado de la memoria los que valían la pena. Como casi siempre después de leer, necesité cerrar los ojos un ratito.

Me saqué los anteojos, me paré de la reposera y me senté al borde de la pileta. Metí los pies y dejé que el agua con cloro haga lo suyo.

Mientras el agua me enfriaba la piel, me di cuenta de que hacía tiempo que no acompañaba un amanecer. Me atrae ese momento en que la realidad se acelera. Ya no es noche pero tampoco es día. Es un intervalo de tiempo que no entra en los relojes ni en los compases del pentagrama.

Parpadeo… y listo. La vida vuelve a latir. Las sombras se afinan. Los colores de la mañana empiezan a acomodarse en el cielo. Pasa un auto por allá lejos. Pollock ladra porque escucha que viene el basurero.

Hoy el cielo amaneció manchado de nubes y se levantó un viento potente que me mandó a guardar nuevamente. Ráfagas fuertes sacudieron las ramas, las hojas y mi cara. Ajeno a todo, un pequeño y frágil diente de león resistía. Pensé en arrancarlo para mostrárselo a Felipe cuando se despierte, pero decidí dejarlo para aquello también…

sea otro soplo

cumpliendo

su destino.

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