El milagro de la fe

 Cuando era chico creía en todo lo que me decían, en todo lo que leía y en todas las ideas que surgían de mi imaginación extremadamente inocente. Esto me provocó muchas noches sin dormir, pero también llenó el mundo en el que vivía de personajes y aventuras que no cambiaría por una infancia de noches tranquilas. Creo que, incluso en ese entonces, sabía que había muchas personas en el mundo cuya capacidad imaginativa estaba adormecida o virtualmente muerta, y que vivían en un estado mental (producto quizás del agobio laboral) equivalente al daltonismo. A veces sentía lástima por ellas, sin sospechar (al menos en aquel momento) que muchas de esas personas pragmáticas sentían lástima por mí o me despreciaban, no solo porque sufría de algunos miedos irracionales, sino también porque era ilimitadamente crédulo (también conocido como boludito) respecto a casi cualquier tema.

Creo que había algo de verdad en eso antes y, para ser sincero, creo que aún hoy la debe haber. Fui, por ejemplo, el último de mis amigos en llegar a la conclusión de que el hecho de que haya tantos Papás Noel en un desfile navideño significaba que no había un solo Papá Noel de verdad (todavía no veo lógica en esa idea: es como decir que la existencia de un millón de discípulos prueba que no hay un maestro). Nunca dudé tampoco de la afirmación de mi tío Rubén, de que se podía atravesar la mano con un lápiz sin dolor ni gotear sangre si el pinchazo se daba con exactitud a las 12 en punto de la noche. O que una vez vio como un coche descarrilaba de la ruta en Punta Lara y, tras caer al río con sus cuatro ocupantes, se tiró al rescate pero fracasó porque los zapatos se le llenaron de agua impidiéndole nadar. Y todos murieron.


También creía en todo lo que me contaban en el patio de la escuela. Me tragaba las mentiras grandes y chicas con la misma facilidad. Un chico me dijo, convencido, que si alguien ponía una moneda de cincuenta centavos en las vías, haría descarrilar al primer tren que pasara por ahí. Otro me dijo que esa moneda dejada en las vías quedaría perfectamente aplastada por el primer tren y que, después de varias pasadas, podría alcanzar incluso el tamaño de un billete. Mi propia creencia era que ambas cosas eran verdaderas: que las monedas dejadas en la vía del tren quedaban exageradamente agrandadas antes de hacer descarrilar los trenes que las habían pisado. Como vivía lejos de las vías no pude entonces hacer las comprobaciones, pero lo llamativo es que ni siquiera tuve nunca la necesidad de comprobarlo.


Durante mis años en el colegio aprendí otros aspectos fascinantes referidos a diversos temas, como las pelotas de básquet (cuyo núcleo contenía un gas venenoso), abortos (a veces los fetos nacían vivos, como monstruos deformados que debían ser eliminados por personas llamadas “enfermeras especiales”), fisiología (las mujeres hacían pis por un agujerito situado en la cola) (pero ninguno de los dos agujeros que estás pensando), gatos negros (si te cruzabas con uno tenías que persignarte rápidamente con los dedos en su dirección para no correr el riesgo de una muerte casi inmediata y varios otros. 


Pero también leía, y veía que en cada cuento era común que existan extravagancias como esas dentro de la vida normal de las personas.


Fue en esa época que comencé a ver cómo la línea entre lo fabuloso y lo cotidiano podía ser bastante tenue y a entender que la yuxtaposición de ambos contribuía tanto a iluminar los aspectos comunes de la vida como a iluminar sus ocasionales brotes bizarros. Lo que quiero decir es que la vida está hecha de creencias y que la creencia, a su vez, es la cuna de los mitos. 


Creo que mito e imaginación son, de hecho, conceptos intercambiables y que la creencia es la fuente de ambos. ¿Creencia en qué? La verdad, no creo que eso importe demasiado. En un solo dios, en ninguno o en muchos. O que una moneda de cincuenta centavos pueda descarrilar un tren de carga.


Lo que sí quisiera dejar en claro es que mis creencias no tenían nada que ver con mi fe. Fui criado como católico y, aunque hace tiempo no practico la mayoría de los rituales de una religión organizada, aún guardo suficientes de las enseñanzas fundamentalistas recibidas en mi infancia como para bancarme que la existencia de “varios dioses” sería, en el mejor de los casos, presuntuosa y, en el peor, completamente blasfema. Siempre me río al recordar que una compañera de trabajo se enojaba (moralmente) con las personas que -decía- iban a la iglesia a “hablar con todos esos muñequitos” (por las estatuas de los santos y patronos). 


Yo creo en todas esas cosas extrañas porque fui hecho para creer en cualquier cosa. Otros participan en maratones porque fueron hechos para correr, o juegan al vóley porque Dios les dio resortes en las patas, o resuelven ecuaciones largas y complicadas en un cuaderno porque fueron hechos para previsualizar los números que encajan en cada cuadradito.


Con todo, la mayoría de nosotros nos obsesionamos por encajar en cualquier actividad aferrados más al deseo que a las cualidades personales o a los dones recibidos. La Fe siempre aparece en algún lugar, y creo que ese lugar tiene que ver con volver a hacer la misma cosa repetidamente aunque creas, en el fondo de tu corazón, que jamás serás capaz de hacerlo mejor de lo que ya lo hiciste y que, si insistís, sólo conseguirás empeorar. 


Hace poco, antes de retirar a Felipe de un cumpleaños, presencié cómo los chicos enloquecían de ansiedad debajo de la piñata que estaba a punto de estallar. La cumpleañera, en cambio, exhibía una tensa calma por enfrentarse a esa situación pero, aún a ciegas y un poco mareada, tomó el palo que le dieron y salió con Fe a buscar el globo.


Y es lógico, porque no tenés nada que perder cuando intentas por primera vez pegarle a una piñata, pero intentarlo una segunda vez (y tercera… y cuarta… y enésima) es exponerse al fracaso, a la depresión y, peor aún, a la parodia de uno mismo. Sin embargo, la mayoría de nosotros persiste en querer darle un buen palazo y eso, a la larga y milagrosamente, termina dando los dulces. 


Adieu!


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