Ideas para detectar la soledad

 Estuve reflexionando sobre cuándo y por qué ataca la soledad. No siempre es del tipo romántico, esa falta del alma de alguien amado. Aunque creo que no es del ser amado de quien uno siente la ausencia, sino del ser amado amándonos a nosotros. Pensando en esto, me di cuenta de que hay soledad para cada gusto y disgusto.

Un equipo de fútbol puede convertirse en soledad, como la Selección del 90. No ganamos la Copa, ¡pero qué equipazo! La velocidad del Pájaro, la garra del Cabezón y las atajadas del Goyco. Sé que probablemente no tengas idea de quiénes son, pero extraño ver a esos atletas en acción. ¿Será que ese equipo dejó soledad porque faltó algo? ¿La consagración no alcanzada, lo que podría haber sido, la ausencia de gol? La soledad está tejida con hilos de injusticia: la selección del 90 no era perfecta, por supuesto, pero teníamos todo para ganarle esa final a los alemanes. 

O no. 

Quizás no teníamos nada para ganar, pero yo tenía 17 años y disfruté muchísimo cantando “Un´estate italiana” con mi vieja. La soledad puede desenfocar las cosas, haciendo que lo sucedido parezca más cercano a lo que no sucedió.


La época de la dictadura militar dejó a la Argentina en profunda soledad. Tanto es así que, cuarenta años después del “nunca más”, algunos gobernantes se siguen lustrando las botas so pretexto de abrazar ciertas ideas de “libertad”.  Eso es lo que sucede cuando los asesinos son amnistiados: se abren las espantosas puertas del infierno de las repeticiones. Esta gente olvida a las miles de personas muertas por el desprecio a la vida, los desaparecidos, exiliados y agredidos por los militares. 

Esto dio a luz una soledad melancólica, una soledad empapada de dolor, una soledad editada, un tiempo perfecto que en realidad nunca existió. Había censura. Y había boas constrictoras dejadas en habitaciones oscuras para torturar a mujeres y hombres por igual. Y personas anestesiadas arrojadas desde aviones para que también murieran ahogadas en soledad. Jóvenes barbudos fueron desfigurados a golpes, retenidos y fusilados a sangre fría. Todo esto fue indultado, no sé si estuvo bien que así fuera, pero lo fue. 

La soledad puede estar hecha del olvido por el dolor ajeno.


Existen soledades específicas. Yo tengo, al menos, soledad de lasagnas de mi abuela. La preparación (cebolla, tomate, morrones, sal, ajo, todo picado hasta llegar a un tamaño subatómico), el aroma del estofado saliendo de la gran olla, sus movimientos, un verdadero ballet en la cocina, el humo subiendo, yo bañando cachitos de pan en la salsa bolognesa, el humo subiendo más, el aroma invadiendo toda su casa. Ese olor, el relleno con la carne siendo colocada suavemente sobre infinitos estratos de masa. Revolver la cacerola. Reírme de mi abuela corriendo por toda la cocina en busca de condimentos, sal, lo que sea. Ayudarle a poner la mesa. Más pan con salsa. Más agua en la boca. Más hambre. Más ballet. Cientos y cientos de personas llegando con más trozos de pan para remojar en esos tucos… ¿Fue de esa manera? El humo del horno, el cacho de pan, el tiqui tiqui del cuchillo chiquito cortando la cebolla. Tomate, pimienta y ajo. Tal vez la soledad no sea de la lasagna en sí. Y sea de ella, de mi abuela, ocupada y produciendo el olor del amor que alimenta. La soledad de la pérdida, una soledad enternecida consigo misma. Y la soledad de un trozo de pan en una cacerola sin salsa.


Hay miles de soledades, esas ausencias que sentimos por los pedazos de vida que ya se fueron y que, insisto, posiblemente no sucedieron de esa manera. Que no eran de esa manera. Que no tenían ese sabor. Que no hablaron de esa manera. Que no proporcionaron ese placer exactamente. ¿Será eso? No sentimos soledad, sino que imaginamos la soledad, la creamos. La fantasmeamos. Editamos. Reescribimos. Recreamos el escenario. Limpiamos los rincones. Mejoramos la iluminación. Subrayamos y tachamos algunas palabras. Olvidamos lo real de ahora para vivir en lo irreal del pasado. Es una forma de ver, de defendernos, y de sentir.


Y existe un tipo de soledad que comienza unos 15 minutos antes de una despedida. Instantes antes de la partida. Segundos antes de convertirse en soledad, este tipo de soledad ya es soledad antes de llegar. Y una vez que llega, punza el corazón con soledad. Que después de crecer, arde. Es la soledad producida por el amor presente, que sorprende por la práctica (no la proyección) del afecto. Una soledad que picotea, que te sonríe y te mira un segundo más. Entonces, la soledad es el lugar de la pérdida real, no es una sensación de soledad, el vacío que tiene, la realidad de la falta que provoca y hasta aflige. Es una soledad que viaja sin vos y con alguien hermoso a su lado. Es la ausencia de lo que se quiere presente y no está.

Es la soledad de un texto escrito sin la necesidad de ser leído para que su existencia sea justificada.



Adieu!

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