Ideas para sobrellevar la fiebre

 De chicos, algunos de nosotros leíamos historias de superhéroes, paladines de la justicia que se animaban a todo lo que era necesario resolver. Adalides que pensábamos que existían pero que realmente solo habitaban en nuestras inocentes imaginaciones.


Estas imágenes nos daban esperanza, nos brindaban felicidad y nos hacían soñar con un tiempo en el que podríamos subirnos a los arcoíris y a los caballos alados, domar animales que escupen fuego o vivir como princesas en un castillo muy alto, esperando a que algún príncipe encantado viniera a hacernos felices para siempre.


Se nos inculcaba que todo era posible con solo creerlo y desearlo.


Luego crecemos (aunque no lo queramos) y la realidad va mostrando otra cosa: no hay príncipes ni princesas esperándonos en algún baile real, ni tampoco existe una bicicleta voladora que nos lleve a dar un paseo con algún simpático extraterrestre. 

Peor aún, el "felices comiendo perdices" no es más que el invento de algún poeta afiebrado que probablemente estaba describiendo aquello que deseaba cenar esa noche.

Lo más cercano a domar un dragón es clavarle el visto a un whatsapp enojado de tu jefe o tu pareja.


Descubrimos que los héroes ni siquiera se parecen a lo que pensábamos. Pero existen, y, por supuesto, no llevan capa roja ni tienen fuerza sobrehumana.


Entonces, ¿qué hacemos?


Miramos películas y nos distraemos buscando “la felicidad”. 

El problema de vivir buscando felicidad es que nunca sabes cuándo realmente la encontrás. Tal vez porque nunca estuvo perdida.

Me la juego a que estuvo ahí todo el tiempo, y la habríamos visto si simplemente hubiéramos echado un vistazo hacia adentro con aquella relajada mirada infantil.


Quizás estuvo allí cuando tus amigos fueron a verte aquel día que estabas enfermo y se mataban de risa por lo débil que te veías volando de fiebre. O por los ojos de panda que te quedaron dos o tres días después de haber querido desafiar al termómetro.


Los superhéroes sí existen, solo que no de la manera que pensabas. Ella se mantuvo despierta cuando tenías siete años y estabas en la cama enfermo, sin saber si ese sería el fin del camino para vos, pero de alguna manera logró mantener esa mirada segura en su rostro; la que te hacía saber que todo iba a estar bien.


Por supuesto, no llevaba máscara ni armadura cuando rezaba en silencio en medio de la noche mientras dormías, para asegurarse de que nada que pudiera pasarte quedara librado al azar.


En sus manos, el dolor se desvanece como la niebla al amanecer, transformándose en un bálsamo que baja las temperaturas con el roce mágico de su amor.


Si alguna vez se me diera el poder de cambiar algo, sería volver a ser un niño. No me refiero a retroceder en el tiempo, me refiero a la capacidad de reír genuinamente en situaciones incómodas sin restricciones y sin preocuparme por lo que pueda traer el mañana, disfrutando de la euforia de la juventud y el presente, porque eso es verdaderamente todo lo que tenemos.


Poder mirar las nubes en el cielo e imaginar quiénes o qué son, y jugar alegre y despreocupadamente bajo la lluvia fría desafiando a alguna que otra oleada de fiebre que inevitable y afortunadamente… volverá a sobrevenir.



Adieu!


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