Anoche soñé con otra mujer.

En el sueño había un lugar que abarcaba varios lugares en sí mismo: un patio de verano, una tira de departamentos, un lugar donde trabajar, un sillón chesterfield, una cocinita y un local comercial. Todo quedaba cerca, como si ese espacio diminuto pudiera contener una vida entera. Podías ir al cine, doblar en una esquina, encontrarte rodeado de desconocidos y, aun así, sentir que solo era un patio.

Fue en ese patio donde empezó algo verdadero entre nosotros.

Hacía mucho tiempo que la deseaba. En el sueño, ya conocía a esa mujer, aunque prefiero no explicar cómo ni de dónde salió. Incluso recordaba las historias que había escrito sobre ella. Eran muchísimas. Y ahora la tenía delante de mí, sin que hiciera falta seguir imaginándola.

Su familia era complicada: la madre, el padre, la buela, los hermanos. Gente con la que era difícil tratar. Ella tenía un hijo enfermo. Yo sabía todo eso, pero no estaba tratando de calcular de antemano qué lugar ocuparían esas cosas en mi vida. Le pertenecían a ella, eran parte de su mundo, y yo la quería tal como era.

A nuestro alrededor pasaban cosas desagradables: delitos en la calle, problemas dentro de las casas, ráfagas de viento intermitentes. Ya no puedo ordenar los episodios. En el sueño, todo tenía la lógica de las cosas que pasan en tu propio barrio: alguien había hecho algo, alguien había salido de un edificio, la gente hablaba de otras personas, etcétera. Yo la veía en medio de todo aquello y, por alguna razón, cada vez confiaba más en ella.

Después estábamos en un cine.

Era grande y agradable, con una onda al Coliseo Podestá. Estábamos sentados en uno de los niveles superiores, casi en lo más alto. Abajo se extendía un mundo entero, y nosotros habíamos subido hasta un lugar donde por fin podíamos estar cerca.

Le pasé el brazo por los hombros.

Sospeché que quería que la besara, así que me acerqué, estiré la trompa y ella me devolvió el beso.

Fue tan sencillo que tardé un momento en darme cuenta de lo extraordinario que era. Nos estábamos besando, y ese beso parecía confirmar algo que ya existía entre nosotros. Aunque fuera nuestra primera cita. Aunque, hasta hacía tan poco, lo único que yo había hecho era escribir sobre ella.

Tenía los labios pintados de rojo. Hermosos. Me di un tiempo para notarlo y después dejé de mirarla alevosamente.

Su belleza, todo lo que había leído y escrito, todo lo que me atraía de ella con tanta intensidad… estaba ahí. Pero ahora podía sentir su calor, y eso empezó a ocupar toda mi atención. Hasta ese momento, cada uno había estado en su propio espacio. Mientras nos besábamos, dejé de percibir cualquier frontera entre los dos.

Un universo compartido a través de nuestros cuerpos. En el sueño, sin embargo, decirlo no parecía exagerado, era sencillamente lo que estaba pasando.

Y ella, la diosa de mis sueños, resultó ser tranquila, casi familiar, con algo de intimidad cotidiana. Escuchaba lo que yo decía, respondía a mis movimientos; podía abrazarla y sentir cómo me respondía. Estaba ahí, cálida, real. Se me antoja pensar que ella también quería estar conmigo.

Pero seamos sinceros, es dificil de creer que una mujer como ella estuviera tan dispuesta a regalarme algunos de sus fluidos. En fin, a ella no parecía llamarle la atención en absoluto.

Después de la película nos despedimos hasta la noche.

Eso también me parecía asombroso: podíamos seguir cada uno con su vida y volver a encontrarnos. No hacía falta aferrarse al último minuto ni intentar meterlo todo en una sola conversación. Ella tenía cosas que hacer y yo también. Teníamos tiempo por delante. Volveríamos a vernos.

Me daba espacio para respirar.

Pero enseguida, como siempre, empecé a buscar un lugar donde estar solo.

Quería sentarme a fumar un cigarrillo. Esconderme un rato en alguno de esos baños conocidos donde nadie me molestaba y podía quedarme sentado sin más. Pero estaban todos cerrados. Según me enteré después, le pasaban blem a las canillas.

Era extraño, incluso para un sueño. Todo el barrio de ese patio había decidido ponerse en orden justo en el momento en que yo necesitaba desaparecer.

Entré en un lugarcito barato que tenía un interior inesperadamente hermoso. Luz tenue, paredes color champagne. Estaba pidiendo algo para comer cuando me llegó un mensaje de ella.

Me mandaba una imagen con una breve historia del lugar que acabábamos de visitar.

Miré el celular. Hacía un rato nos estábamos besando en lo alto de un cine inmenso y ahora ella me mandaba algo para leer. Quería compartirlo conmigo, prolongar nuestro día a través de ese pequeño detalle. Me hizo feliz.

Después volví a verla. Salió de uno de los baños en los que yo no había podido entrar. En el sueño no me sorprendió. Me pareció todavía más hermosa que antes y seguía tratándome con la misma calidez, con la misma naturalidad, como si nada de lo que había entre nosotros pudiera desaparecer de golpe durante el rato que pasábamos separados.

Sentí que podía volver a besarla, que le gustaba que yo la deseara, que no le daba miedo todo ese universo que yo veía en ella.

Pero todavía quería fumar un cigarrillo.

Finalmente, dentro de mi patio, encontré otro pequeño patio urbano. Había una especie de estructura formada por paredes, manchas de sol y de sombra, gente hablando a lo lejos. Me senté en un rincón apartado de todo. Saqué un cigarrito (no un cigarrillo) un Partagás, y al rato ella también apareció por ahí.

Pero yo ya no estaba de tan buen humor. Acababa de salir a buscar un rincón donde nadie pudiera encontrarme y ya me habían encontrado. Pero a ella pareció no importarle y simplemente se sentó al lado mío.

Yo me prendí el cigarro y entré a tirar humo. Ella se quedó ahí piola.

No hacía falta decir nada en particular. Ya no estaba en lo alto del cine, ni besándola, ni tratando de que nuestro tiempo juntos fuera algo hermoso. Estaba sentado en un patio cualquiera, fumando un cigarrito. Ella también podía verme así, y parecía contenta de estar ahí.

Entonces se abrió una puerta que teníamos al lado.

Empezaron a sacar cuerpos humanos.

—¡Son de utilería, para una película! (dijo, para tranquilizarme).

La miré. Estaba serena, algo sonriente. Sabía lo que estaba pasando y se había dado cuenta de que yo tenía miedo. 

Siguieron sacando objetos de utilería por la puerta. A lo lejos la gente conversaba. En el patio chiquito seguía habiendo sol y sombras.

Ella podía tener toda una historia anterior a mí. Yo podía tener cualquier cantidad de pasillos y baños donde me había acostumbrado a sentarme a dejar pasar mi propia vida. Y, de alguna manera, todo eso cabía en un mismo mundo.

Sentí algo de impaciencia, como cuando la noche empieza a terminar.

Ella intentó explicarme lo que pasaba pero sin darle demasiada importancia, así como le contás un sueño a la persona que tuviste al lado toda tu vida.


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