Ideas para tener un lindo día
Ayer en el supermercado, una señora mayor que yo se me acercó sin anteojos, un poco perdida entre las góndolas. Me pidió ayuda para encontrar unos fideos sin TACC. Claro que sí, le dije, y nos pusimos a buscar juntos. Un minuto después los encontramos, me dio las gracias y se fue.
Al rato la crucé de nuevo en las cajas. Entrecerró los ojos y me dijo: ¡Qué lindo día, no?
No me estaba dando un parte meteorológico (ella tenía los mismos datos que yo), me estaba diciendo otra cosa. Que me reconocía. Que estaba dispuesta a ser amable. Que el mundo, en ese momento, seguía siendo un lugar más o menos habitable.
Esas frases obvias que nos intercambiamos (el tiempo, el tráfico, la humedad de esta semana) funcionan como señales de que todo sigue en orden. Sin ellas, me parece, algo en nosotros empezaría a dudar.
Así que se me ocurrió pensar en lo que podría llamar el proyecto "lindo día": la idea de ser consciente de querer mejorar a través del contacto (forzado al principio pero repetido en el tiempo) hasta que se vuelva hábito. No para ser simpático, sino porque algo en esa pequeña fricción social te devuelve entero.
Acabo de volver de la ópera. Fui solo. La función empezaba a las cinco y llegué a las cuatro cincuenta y cinco. El acomodador estaba cerrando las puertas cuando me vio llegar corriendo con cara de fugitivo. Le tiré mi mejor sonrisa, hice el gesto universal del “por favor”, y el tipo sin decir nada, y mirando de reojo, me abrió la puerta que acaba de cerrar. Me llevó hasta la única platea libre. Le di la mano y me fui caminando entre las butacas a mi asiento.
Al lado mío había una chica de unos treinta años. La obra duraba tres horas, así que no descartaba tener que cruzar alguna que otra palabra en los intervalos.
A las dos horas, durante el segundo descanso, me acordé del proyecto, así que junté coraje y le dije algo así: Cómo suenan esas flautas, eh.
Sí, me dijo. Y nada más.
Terminó la función y me las tomé.
Sé que soy exactamente ese tipo de persona: la que, si puede evitar el diálogo efímero con un desconocido, lo va a evitar sin remordimientos. Y sin embargo esta tarde lo intenté. No porque me sintiera cómodo, sino porque sabía que iba a haber algo en ese intento (torpe, fallido, efímero) que me resultaría más honesto que la indiferencia elegante.
No todos llegamos al guiño de la señora del supermercado con la misma facilidad. Algunos cargamos algo que nos hace más lentos para eso: ansiedad, werwenza como dice Felipe, desconfianza, memoria emocional, o la simple falta de costumbre. El hábito no se impone, se construye, de a poco, en los lugares donde menos lo esperamos.
Quizás el proyecto no sea llegar a decir lindo día con naturalidad; quizás sea solamente no arrepentirse de haberlo intentado.
Adieu!